LAS
PÉRDIDAS DE JUAN BUENO[i]
Éste
era un hombre que se llamaba Juan Bueno. Se llamaba así porque desde chico,
cuando le pegaban un coscorrón por un lado, presentaba la cabeza por otro. Sus
compañeros le despojaban de sus dulces y bizcochos, le dejaban casi en cueros,
y cuando llegaba a la casa, sus padres, uno por aquí, otro por allá, a pellizco
y mojicón, le ponían hecho un San Lázaro. Así fue creciendo, hasta que llegó a
ser todo un hombre. ¡Cuánto sufrió el pobrecito Juan! Le dieron las viruelas y
no murió, pero quedó con la cara como si hubiesen picoteado en ella una docena
de gallinas. Estuvo preso por culpa de otro Juan, que era un Juan Lanas. Y todo
lo sufría con paciencia, a punto de que todo el mundo, cuando decían: ¡Allá va
Juan Bueno!, soltaba la risa. Así las cosas, llegó un día en que se casó.
Una
mañana, vestido con manto nuevo, sonriente, de buen humor, con su gloria de luz
en la cabeza, sus sandalias flamantes y su largo bastón florido, salió el señor
San José de paseo por el pueblo en que vivía y padecía Juan Bueno. Se acercaba
la noche de Navidad e iba él pensando en su niño Jesús y en los preparativos del
nacimiento, bendiciendo a los buenos creyentes y tarareando, de cuando en
cuando, uno que otro aire de villancico. Al pasar por una calle oyó unos
lamentos y encontró ¡oh cuadro lastimoso! a la mujer de Juan Bueno, pim, pam,
pum, magullando a su infeliz consorte.
—Alto
ahí —gritó el padre putativo del divino Salvador—.
¡Delante
de mí no hay escándalos!
Así
fue. Calmóse la feroz gorgona, se hicieron las paces, y como Juan refiriese sus
cuitas, el Santo se condolió, le dio unas palmaditas en la espalda, y
despidiéndose le dijo:
—No
tengas cuidado. Ya cesarán tus penas. Yo te ayudaré en lo que pueda. Ya sabes,
para lo que se ofrezca: en la parroquia, en el altar a la derecha. Abur.
Contentísimo
quedó el buen Juan. Y no hay palabra para qué decir si iría donde su paño de
lágrimas, día a día y casi hora a hora. ¡Señor, que esto! ¡Señor, que lo otro!
¡Señor, que lo de más allá! Pedía todo y todo le era concedido. Lo que sí le
daba vergüencita contarle al santo era que su tirana no perdía la costumbre de
aporrearle. Y cuando San José le preguntaba: ¿Qué es ese chichón que tienes en
la cabeza?, él reía y cambiaba de conversación.
Pero
San José bien sabía... y le alababa la paciencia.
Un
día llegó con la cara muy afligida.
—Se
me ha perdido —gimoteó— una taleguilla de plata que tenía guardada. Quiero que
me la encontréis.
—Aunque
ésas son cosas que corresponden a Antonio, haremos lo que se pueda.
Y
así fue. Cuando Juan volvió a su casa, halló la taleguilla.
Otro
día llegó con un carrillo hinchado y un ojo a medio salir:
— ¡Qué
la vaca que me disteis se me ha desaparecido!
Y el
bondadoso anciano:
—Anda,
que ya la encontrarás.
Y
otra vez:
— ¡Que
el mulo que me ofrecisteis se fue de mi huertecito!
Y
el Santo:
—Vaya,
vaya, vete, que él volverá.
Y
por tal tenor.
Hasta
que una ocasión el Santo no se encontraba con muy buen humor, y se apareció
Juan Bueno con la cara hecha un tomate y la cabeza como una anona. Desde que le
vio:
—Hum,
hum —hizo el Santo.
—Señor,
vengo a suplicaros un nuevo servicio. Se me ha ido mi mujer, y como vos sois
tan bueno...
San
José alzó el bastón florido y dándole a Juan en medio de las dos orejas, le
dijo con voz airada:
— ¡Anda
a buscarla a los infiernos, zopenco!
Tomado de: 25 cuentos de Rubén Darío, Mined, 2009, Editorial Amerrisque.
[i]
Publicado por primera vez en El Heraldo de Costa Rica, San José, 13 de marzo de
1892. Darío permaneció en Costa Rica entre agosto de 1891 y mayo de 1892. Allí
trabajó en el diario La Prensa Libre, que dirigía su amigo salvadoreño
Francisco Gavidia, y después, tras algunos meses de desempleo, trabajó en El
Heraldo de Costa Rica, a partir del 16 de marzo, es decir, tres días después de
aparecer el cuento en dicho periódico.
En el texto, “...a pellizco y mojicón”: en sentido
familiar, mojicón es golpe en la cara con la mano. “...hecho un San Lázaro”:
estar hecho un Lázaro es cubierto de llagas. “...que era un Juan Lanas”:
personaje que también aparece en el cuento “Por qué”, publicado en el mismo
periódico cuatro días después, el 17 de marzo: “—Yo me llamo Juan Lanas y no
tengo un centavo”. “...salió el señor San José: el personaje bíblico, desposado
con la Virgen María, padre putativo de Jesús.
“...Calmóse la feroz gorgona”: alude en sentido
figurado a los monstruos con figura de mujer de la mitología griega, que eran
tres: Esteno, Euríale y Medusa.
“...Abur”: interjección usada para despedirse,
equivalente a adiós.
“...Aunque ésas son cosas que corresponden a Antonio”:
se refiere a San Antonio, que según la tradición popular, realiza el milagro de
encontrar lo perdido.
son locos clase cuento
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